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Heiko Roa, también conocido como "Lucky" y como "The Cursed", era un hijo bastardo del pueblo de Dúmn Harú. Como todos los de su pueblo, tenia sangre mestiza. Nació el 5 de mayo de 5338, en el hospital de las hermanas de la piedad. Fue apartado de su madre justo después del parto y dos meses después enfermó y las hermanas dejaron que la corriente del rió Fiumara se lo llevara.

Por suerte, a poca distancia del pueblo, aguas abajo, el gran Nayeli lavaba sus ropas. El anciano de los Idohi se tiró al río y lo salvó. Le llamó Heiko Roa, en la lengua de los Idohi, que significaba Afortunado Hombre. Él y su tribu cuidaron del bebé hasta que sanó, entonces, él cruzó el río y se aventuró a ir hasta Dúmn Harú, donde una mujer a la que las hermanas que le habían arrebatado su hijo lo aceptó. Nayeli reconoció enseguida que aquella debía de ser la madre del niño, pues compartían la misma mirada.

Wana, su madre, que entendía la lengua de los Idohi, pues sus abuelos se la enseñaron, aceptó el nombre que le había dado el viejo idohi. Sin embargo, terminó traduciéndolo y llamándole Lucky. Y así le conocieron sus amigos. Durante los primeros años de su infancia vivió en la más desgraciada pobreza, pues él y su madre no tenían nada y Wana tenia claro que jamás volvería a acudir a las hermanas. Fue por eso que viajaron al suroeste, hasta que un campesino de las cercanías de Forestown les dio trabajo y comida y un lugar donde dormir en el pajar. Arley Tannerson, era un hombre tosco y serio, pero de buen corazón. Su mujer había muerto de una enfermedad incurable y sus hijos lo habían dejado sólo para ir a trabajar a la ciudad. Wana tubo que trabajar duro, pero fue feliz durante aquellos años, pues por una vez en su vida puedo ver que la vida de su hijo valía la pena, y se odió a si misma por no haber luchado por recuperar-lo. Se acordó de Nayeli y decidió que algún día cruzaría el río y lo visitaría para agradecerle lo mucho que había hecho. Por su parte, Heiko Roa sufrió mucho y de muchas enfermedades durante su infancia, pero Arley lo trataba como a alguien normal y le obligaba a trabajar igual que su madre y él, lo cual con el tiempo lo hizo algo más fuerte de lo que su madre jamás había esperado que fuera.

En junio del año 5345, cuando Heiko Roa tenía 7 años, presenció la tormenta más brutal de su vida. Grandes vientos huracanados, truenos, rayos y lluvia azotaron aquellas tierras. El temporal arrancó el tejado del pajar y él y su madre no tuvieron otra opción que resguardarse en la masía del viejo Arley, donde sólo entraban para comer. Sin embargo el ganadero no estaba allí, la tormenta lo cogió en el campo y jamás lo volvieron a ver. Al día siguiente, el temporal se calmó y fueron en busca de él. No lo encontraron por ninguna parte, pero recuperaron el ganado que había sobrevivido y se adueñaron de la masía. Con el tiempo, Arley los había llegado a querer, a su forma, y le había dicho a Wana que ella heredaría sus tierras.

Los siguientes años fueron duros para Wana y Heiko, que tuvieron que trabajar más y aún así vivieron peor, pero salieron adelante. Cinco años después de la muerte de Tannerson, uno de sus hijos volvió a la granja de su padre, dispuesto a quedarse con las tierras, pues finalmente llegó a sus oídos que su padre había desaparecido con la gran tormenta y que sus jornaleros se habían adueñado de su extenso patrimonio. Wana no quiso enfrentarse a nadie, sabia que tenia las de perder, de modo que decidió que era el momento de cruzar el río e internarse en las salvajes tierras de los Idohi.

Heiko Roa tenia 12 años y conocía de sobras la historia de su madre y su nombre. Siempre le había hecho ilusión conocer a Nayeli y no pensaba que su madre también tenia pensado ir. Además, Wana le había enseñado la lengua la lengua de la gente del bosque, una de las pocas cosas que le pudo dar a su hijo, además de su amor. No tardaron muchos días en llegar a los limites de las tierras Idohi, y se dieron cuenta porque el camino se estrechaba y ya no permitía el paso a carruajes y los arboles se arqueaban sobre el camino, libres y salvajes. Allí, su madre se desplomó, exhausta. Heiko había notado el cansancio en su madre, que durante los largos años de trabajo en la granja había envejecido demasiado deprisa, pero no pensaba que estuviera tan cerca de su limite. Wana le pidió que la dejara atrás y continuara su viaje, entregándole el resto de comida que había guardado. Heiko rechazó la comida y se internó en el espeso bosque corriendo, esperando encontrar ayuda. En pocos minutos Heiko se topó con varios recolectores Idohi, que en seguida se preocuparon por él. Heiko se esforzó por hablarles en su lengua propia, pero lo único que le salió en ese momento fue "Agi tudovi yak Heiko Roa". Los Idohi reconocieron su nombre, cuya historia era bien conocida, y amablemente quisieron llevarlo hasta su pueblo, pero ante su insistencia le siguieron hasta llegar donde su madre había restado un momento antes de que llegaran. Pero ella había desaparecido.

Heiko Roa jamás conoció a Nayeli, pues el viejo había muerto pocos años antes, sin embargo los Idohi lo acogieron como a uno de los suyos. Asimiló la cultura de la tribu y con el paso de los años se convirtió en un joven curioso y pensador, que cayó en gracia al los más sabios del poblado y le enseñaron todo cuanto sabían sobre el planeta. Le llamó especial atención conocer la existencia de los Lagenn. Otro pueblo que resistía la colonización de los Kettlenanianos, los Lagenn sin embargo eran un pueblo más grande y por eso se defendían de forma violenta. Sin embargo no solo luchaban en su frontera del Oeste, donde no había murallas, pero si grandes bosques y montañas escarpadas, pasos estrechos y nieblas permanentes. También se defendían de un enemigo mayor, que los atacaba por el este. La oscuridad de las tinieblas, el fin del mundo; Ainatak Rift. Eran un pueblo místico, de religión y lengua semejante y por eso eran sus aliados, ya que los Idohi, a pesar de ser pacíficos, ayudaban a los Lagenn en todo lo que podían.

Con los años se hizo muy amigo de dos jóvenes del pueblo de su misma edad. Eran pocos niños en el poblado, pues los Idohi estaban perdiendo poder y la mayoría se marchaban al este, cerca o dentro del territorio Lagenn. Sunadee y Etoyok le quisieron como a un hermano. Ellos eran como él, amaban la naturaleza y la paz. Sin embargo Sunadee y Etoyok estaban prometidos, pues Etoyok era el hijo del jefe del clan y Sunadee era la única muchacha del pueblo, de modo que debía ser su mujer. A Heiko Roa no le incomodaba la situación, ya que confiaba en sus amigos y había visto que ellos se querían de verdad.

Heiko Roa cumplió los 17 años en la pacifica aldea, pero había muchas cosas que inquietaban su extraña alma. Por un lado quería buscar a su madre, por otra parte tenia ganas de emprender un viaje a Lagenn y durante un tiempo trató de convencer a sus amigos de que fueran con él. Sin embargo cuando el jefe del poblado termino por enterarse de lo que tramaba, le advirtió y le aseguró que Etoyok y Sunadee no irían con él. Heiko Roa se despidió amargamente de sus amigos aquel verano y también del resto del pueblo, incluido a su jefe a quien respetaba y agradecía su hospitalidad. No tenia pensado volver. Su débil cuerpo le pedía moverse, le pedía luchar.

Lagenn no fue en ningún momento como lo había imaginado. En el este, más allá de las montañas, una tierra desértica se extendía en el horizonte. Varios guerreros de orejas puntiagudas y cuerpos vigorosos y jóvenes lo acompañaron en su camino a la ciudad de los Lagenn. Llegó el invierno sin embargo, y conoció la nieve y por suerte pudo llegar a tiempo a Aninok Tepee, la ciudad bajo las estrellas. Un gran altiplano rodeado de praderas esteparias, con una población menor de lo que había esperado. Sus gentes vivían en tipis, y se contaban tantos o animales que elfos. Pues Heiko pronto conoció que los Lagenn no eran humanos, sino una criatura superior. Sin embargo eran humildes y sencillos. La mayoría de los animales que vivían con los Lagenn eran una especie de bisonte. Un herbívoro pesado y tranquilo. Sin embargo, para sorpresa de Heiko Roa, los Lagenn se comunicaban también con los halcones, los coyotes y las serpientes entre otros. Utilizaban el fuego, a diferencia de los Idohi, y tenían muy claro para que estaban en el mundo. Se consideraban los protectores del mundo, protectores de la naturaleza. Y por eso se resistían a la invasión de los humanos del oeste, y sobretodo luchaban desde hacia miles de años contra el mal Ainatak. Por eso, su vida se basaba en la guerra y su jerarquía era claramente marcada por el poder físico de cada individuo. Por lo general las mujeres no luchaban, pero eran capaces de hacerlo.

No pasó mucho tiempo hasta que Nerian, el líder de los Lagenn llegó de su escaramuza a Ainatak, acompañado de sus mejores hombres y de un elfo de facciones muy distintas a las de los Lagenn. Era Nirhû, un elfo distinto, a quien nadie podía entender, pues hablaba otra lengua. Desde que se cruzaron las miradas, Heiko y Nirhû supieron que serían amigos. Pocos meses más tarde, Nirhû ya hablaba la lengua de las gentes del bosque, de modo que finalmente él se dio a conocer. Explicó que había venido del otro lado de Ainatak, algo que dejó a la gente estupefacta y confundida. Les dijo que allí había más gente y más tierras, y que Ainatak era muy extenso pero no infinito. Nerian era el único que no se mostraba sorprendido, era una de las criaturas más sabias del planeta, y había entrado y salido de Ainatak incontables veces, algunas vivo y otras muerto. Pues su pueblo había controlado la energía Kykclos desde los inicios de su raza y desde entonces habían creído en él, que era el más poderoso elfo de todos los tiempos, por eso sacrificaban la vida de algunos, para devolvérsela a su líder, cuando moría. Nadie más que Nerian sabía cuantos años había vivido, y la cifra que se escondía bajo su eterna juventud era inimaginable incluso para un elfo.

Nirhû les había explicado que formaba parte de una hermandad de espadachines que combatían el mal de Ainatak, con lo que los Lagenn se sintieron muy identificados con él. Un año más tarde, Nirhû decidió volver a su tierra, y le pidió a Heiko Roa que lo acompañara en su viaje, durante el cual le enseñaría a luchar. Heiko se mostró muy ilusionado a seguirlo, pero le pidió antes volver a su tierra natal, pues quería encontrar a su madre. Nirhû no se lo permitió, alegando que no estaba preparado para conflictos dentro de su alma, pero que si le seguía, pronto lo estaría. Así fue como aquella primavera del año 5356, Heiko Roa y Nirhû comenzaron su viaje al lejano y abandonado norte.

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